domingo, 10 de diciembre de 2017

Borrasca



En tardes de borrasca como ésta no es extraño que me invada un ligero desánimo. El viento huracanado arrastra gotas y gotas de lluvia que chocan sin vergüenza contra el cristal. La tarde deviene gris y oscura desde el final de la comida. En las esquinas de la casa el viento bufa, por veces el silbido es inquietante. Sólo apetece estar bajo la manta, tumbada en el sofá, tragando pelis ñoñas y echando de menos otras circunstancias. Y de ahí el desánimo. Porque no hay otras circunstancias. Y cuando las había me aburría estar en tardes de borrasca debajo de la manta, comiendo chocolate o galletas, bebiendo te y viendo pelis ñoñas.

¿Viene el desánimo porque se echa de menos lo que no se tiene o aparece por melancolía de lo perdido? ¿Es la presión atmosférica que me afecta a la cabeza? ¿Por qué quiero llegar a casa y despanzurrarme sola en el sofá sin discutir con nadie por esto o aquello, y por qué a la vez me digo, ya está, tienes lo que deseabas, ahora no digas que no has conseguido lo que anhelabas. No te quejes de estar sola. Aunque llueva, aunque ventee, aunque nadie te rasque la cabeza, ¿qué eres, un perrito?, ni te caliente los pies.

Tengo desánimo porque hemos hablado de los menús de Navidad y me entra una nugalla de padre y señor mío. ¿Otra vez es Navidad? ¡Otra vez hay que planear varios menús, comidas, cenas, hacer lista de la compra...! Otra vez me mirarán como preguntando... ¿Tú qué opinas, qué quieres hacer? ¿Y yo qué voy a sugerir? Sólo de pensar en hacer comidas para tantas personas todos los días ya me desanimo del todo. Dios mío, ¿cómo lo soportan? Ahora que mi madre ya pasa de todo, nos toca al resto prepara las viandas, es un coñazo, porque unos no quieren pescado (y claro, son invitados, hay que mimarlos), los mayores comen blando, los jóvenes no pasan con menudencias, que están en la época de buen saque; carnes grasas son pesadas por la noche, qué horror. Las mujeres no descansamos y después recoger y el lavaplatos no da a basto, pero hay que recoger todo y venga, ahora poned el juego del café, y más platillos, los postres, y después más copas, los chupitos. ¿Alguien quiere un digestivo? Más tarde, a lavar manteles, al menos échale Fairy para que la grasa no se fije y.... por Dios, que se acabe esto ya, quiero silencio y paz. Y he llegado a mi casa, ay Dios, qué alivio, silencio y paz, y me repantingo en el sofá y escucho el viento, qué aburrimiento, que no se salga de casa si no es imprescindible, y venga y dale. Y ya estoy en casa, ya me he puesto cómoda, en chándal y forro polar. Ya estoy con mi manta y el mando de la tele para mí sola. Y entonces ha penetrado el desánimo en mi espíritu como un veneno de decantación. Porque no sé qué me pasa, que las navidades ya están aquí otra vez. Y qué agobio comprar y comprar, y qué ponemos de comida y de cena, y al día siguiente, pues cualquier cosa, no se come cualquier cosa. Y es que claro, no sabéis pero en las mesas gallegas no se pone cualquier cosa, no son de ésas donde la gente, sacando la cena del 24 y la comida del 25, ni se sienta, ni cena, yo una ensaladita, los niños leche. No, no, no. ¿El 23? ¿El 26? Y se me ocurre, pues yo qué sé, fuera de las cenas principales, pues pasta o arroz. ¿En navidad? Me miran como... porque está sola es que come esas cosas; pues filetes, ¿filetes? Pues pescado, sí pero a ellos no les apetece mucho el pescado; pues yo que sé, pasta fría ¿Pasta en navidad? Que me maten pronto, por favor. Entonces pienso en mi vida, si tuviera familia, y suegros y todo eso, seguro que se me ocurrirían comidas y protocolos y todas esas cosas; pero no voy a vivir la vida que no me corresponde; y además no sería la tía enrollada a la que piden regalos divertidos, la tía que saca de cartera porque mira, yo no sé qué hacer, os doy el dinero y arregláis; y me miran como diciendo la jodida ya se está escaqueando, pero es que yo no vivo la vida que no me corresponde. Y entonces pienso otra vez, qué bien viven los tíos, quiero ser hombre, se van al bar a tomar el vermut, el vinito. ¿A qué hora tenemos que estar aquí, cielo? Deben pensar que somos felices quedándonos en la cocina con el pelo grasiento. Cómo echo de menos cuando era lo suficientemente joven para irme con ellos de vinitos al bar y no me tocaba cocina. Ahora, cuando llegan, ya está todo preparado, la mesa puesta, las copas a punto de servirse. Y comen y disfrutan y al acabar se van al sofá y las mujeres venga a desmantelar todo y encima pon buena cara. ¿No te vas a cambiar? Sí, qué ganas, toda la tarde cocinando. Y encima, da gracias al cielo que tienes familia y no te sientes una desgraciada en estas fiestas, porque estar sola en estas fiestas es una mierda, y se echa de menos a todo el mundo. Abuelitos, ya no cantamos villancicos, no nos acordamos. 

Y ya estoy en mi casa, sintiéndome una mierda, porque no cocino, no hago listas de alimentos hipercalóricos y riquísimos, porque sólo soy la tía que saca de cartera. Y me invade el desánimo. Y encima llega una borrasca de nombre Ana, un palíndromo soso y feo. Y no tengo a un tío al que follar en el sofá, bajo la manta. Hay que joderse.

Porque cuando llegue el día que pueda largarme y no pensar en cocinar en navidad, lloraré por las esquinas porque no estarán aquí aquéllos por los que aún amo la navidad. Y no tendré con quién pasar estas fiestas. Y lloraré más. 

Si alguien lo entiende, que me lo explique.

Y que se joda la borrasca.

Uol


lunes, 20 de noviembre de 2017

Humano



Ha vuelto a suceder. Esa voz.

Esa voz atravesando mi carnalidad, alcanzando alguna oscura cueva que me regresa a mi primitivismo. No sé por qué ciertas voces me electrizan la piel, me ablandan los músculos: la dulce lasitud que me atrapa dejándome inerme, suavemente conquistada.

Una voz así en mi oído susurrándome que sólo soy una humana, después de todo. Una voz que me impele a reconocer mis contradicciones, mis incoherencias burdamente ocultas ante mí misma. Ay, qué sensual languidez, qué delicado abandono de los sentidos, arrebatados en un exquisito fluir acuoso, río que me conduce al deseo, al anhelo de un grácil roce.

Como acostumbro, busqué esa voz; necesitaba una vez más poner nombre, cara, a esa vibración de mi alma. Pese a todo, la sorpresa de nuevo no fue inaudita. Un hombre grande y robusto como un tráiler. Un gigante que no respondía a la imagen mental que yo creé. Y sin embargo, no podía ser otro más que él, solamente podía corresponder a alguien como él. Humano. 
Uol 

ÉL: Canción Human de Rag'n' Bone Man.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Volver

 
Mientras iba caminando lo pensé: es más fácil seguir que volver sobre tus pasos.

Uol







miércoles, 8 de noviembre de 2017

Clamar




ESTATUTO DE AUTONOMÍA

Eu quero andar
cos zapatos
nas miñas mans,
neste desamor que
é tamén autonomía.

Non posuír a ninguén
fai máis duro o chan
pero a pesares de todo
ANDO.

Clamo por alguén
pero aguanto
aínda que me inflame o ventre.

Lupe Gómez Arto: Pornografía. Ed. Positivas (edición de 2012)

 Traducción al español por Uol Free:

ESTATUTO DE AUTONOMÍA

Yo quiero andar
con los zapatos
en mis manos,
en este desamor que
es también autonomía.

No poseer a alguien
haces duro el suelo
pero a pesar de todo
ANDO.

Clamo por alguien
pero aguanto
aunque se me inflame el vientre.

Lupe Gómez Arto: Pornografía. Ed. Positivas (edición de 2012)

lunes, 30 de octubre de 2017

Sopesar



―La cuestión es sopesar si le das más valor a los que serán los últimos treinta años de tu vida o a los treinta anteriores. Y creo, Uol, que tú ya has elegido.

Uol

 Sopesar: vbo. Examinar con atención las ventajas e inconvenientes de un asunto.

lunes, 16 de octubre de 2017

Suposiciones erradas





En algunas ocasiones durante los últimos años recreé tu rostro en mi mente (no, nunca nos hicimos fotos juntos en ese año y medio de idas y venidas) y se me escapaban algunos rasgos. Pero en cuanto nos cruzamos te reconocí sin la menor vacilación a pesar de tu pelo pintado de canas aquí y allá. Siempre supe que no sufrirías de alopecia precoz: tu cabello crecía entonces fuerte y sin claros, abundante y oscuro. Tú también me reconociste, te lo leí en los ojos. Hace muchos años aún nos saludábamos al encontrarnos casualmente en las calles, a pesar de ir acompañados de nuestras nuevas parejas. Pero de eso hacía tres lustros. Me reconociste y desviaste la mirada; yo tampoco hice ademán de pararme. Porque nos cruzamos en el vestíbulo de un hospital. Yo salía y tú entrabas llevando en brazos a un  recién nacido envuelto en toquillas. Tenías rostro de padre primerizo y asustado. Lo asías con miedo y veneración, una cabecita diminuta muy tapada.  Pensé, sí que ha tardado años.  La mujer que caminaba un par de pasos detrás, ocupada en cerrar su bolso o cogiendo algo en él, sin embargo no mostraba aparente preocupación. Incluso esbozaba una media sonrisa. Juraría que no era aquélla con la que ibas de la mano cuando nos cruzábamos antaño. Ésta era más joven, más alta, distinta.


Siempre pensé que serías padre mucho antes, que no llegarías a los 42 sin serlo. ¿Qué ocurrió? A los 25 eras un muchacho serio y reservado, de ésos que llevan mal la iniciativa femenina; pero también amable y respetuoso. Siempre te desconcerté. Siempre erraste en todas las hipótesis que hiciste sobre mí, las que me confesaste e, imagino, las que te guardaste para ti. Y, sin embargo, no podías evitar acercarte a mí, dejarte arrastrar por mi vehemencia, mi impulsividad, mi irritante manía de adelantarme a tus deseos. Me gustabas mucho, te diste cuenta, -nunca lo disimulé o callé, eso también te prevenía contra  mí-. Adoraba tus labios gruesos, tus mejillas ruborosas, los ojos sensibles, oscuros y profundos, tu timidez; el tatuaje con el que yo no contaba - no te pegaba nada-  y que descubrí aquella primera vez en el sofá. Anhelaba, sin ceder en intensidad, nuestros encuentros apasionados, tu rubor y tu dulzura; y me enternecían las vueltas que dabas para tratar de quedarte a solas conmigo.


Te fuiste retrayendo, medio insinuaste que estábamos en distinta onda y fase de vida. Fuiste galante hasta para no decirme que no estabas enamorado de mí, al menos no tan enamorado como para plantearte una relación más convencional que la que mantuvimos durante casi año y medio (sé que para ti no era una relación, fuimos amantes, un romance, un rollete). Y eso es lo que yo pensé, que tú querías otro tipo de relación, más previsible, más como la de todos, ser padre joven, una vida más tranquila, con visitas a la casa familiar y domingos de sofá y manta  ( y yo no era a tus ojos candidata).  Quizás me equivoqué. Porque has sido padre ahora. ¿Cómo si no explicar el modo como llevabas a tu hijo en brazos -un frágil cristal valioso que alguien acaba de ponerte en brazos-  si no fuese tu primogénito?


Entonces me pregunté por qué derroteros te habrá llevado la vida. No volvimos a coincidir. ¿Te trasladaste a otra ciudad? ¿Se estropeó aquella relación y con ella tus primeros sueños? ¿Te divorciaste? ¿Fue un matrimonio sin hijos y ahora te has apresurado a ser padre con la siguiente? Tú entrabas al hospital y yo salía, también acompañada, pero no por mi pareja sino por uno de mis hermanos. ¿Habrás pensado que es mi marido? ¿Habrás pensado está mayor, está igual, qué hará aquí, me ha visto y reconocido? Sé que no, ibas a alguna consulta pediátrica con tu hijo y tenías rostro preocupado de padre primerizo. Pero me reconociste y desviaste la mirada.


Yo sí lo pensé. Que a pesar del tiempo transcurrido seguías igual de guapo, y de frágil, y de follable. (Así son los desvaríos fantasiosos, pensar eso como si hubiese la más mínima posibilidad). Pero ahora eres padre. Intocable.


Al final yo también erré en mis suposiciones. Y me he quedado un poco melancólica toda la jornada: tu vida no ha sido como yo me imaginé.

Uol

jueves, 28 de septiembre de 2017

La pregunta LV

- ¿Por qué sería?
- Tenían necesidades distintas.
-¿Te lo dijo?
-Para él, era un entremés; y para ella, el plato principal.
-Los dos alimentan.
-Pero sin los entremeses puedes pasar y sin el plato fuerte, no.

Uol