lunes, 16 de octubre de 2017

Suposiciones erradas





En algunas ocasiones durante los últimos años recreé tu rostro en mi mente (no, nunca nos hicimos fotos juntos en ese año y medio de idas y venidas) y se me escapaban algunos rasgos. Pero en cuanto nos cruzamos te reconocí sin la menor vacilación a pesar de tu pelo pintado de canas aquí y allá. Siempre supe que no sufrirías de alopecia precoz: tu cabello crecía entonces fuerte y sin claros, abundante y oscuro. Tú también me reconociste, te lo leí en los ojos. Hace muchos años aún nos saludábamos al encontrarnos casualmente en las calles, a pesar de ir acompañados de nuestras nuevas parejas. Pero de eso hacía tres lustros. Me reconociste y desviaste la mirada; yo tampoco hice ademán de pararme. Porque nos cruzamos en el vestíbulo de un hospital. Yo salía y tú entrabas llevando en brazos a un  recién nacido envuelto en toquillas. Tenías rostro de padre primerizo y asustado. Lo asías con miedo y veneración, una cabecita diminuta muy tapada.  Pensé, sí que ha tardado años.  La mujer que caminaba un par de pasos detrás, ocupada en cerrar su bolso o cogiendo algo en él, sin embargo no mostraba aparente preocupación. Incluso esbozaba una media sonrisa. Juraría que no era aquélla con la que ibas de la mano cuando nos cruzábamos antaño. Ésta era más joven, más alta, distinta.


Siempre pensé que serías padre mucho antes, que no llegarías a los 42 sin serlo. ¿Qué ocurrió? A los 25 eras un muchacho serio y reservado, de ésos que llevan mal la iniciativa femenina; pero también amable y respetuoso. Siempre te desconcerté. Siempre erraste en todas las hipótesis que hiciste sobre mí, las que me confesaste e, imagino, las que te guardaste para ti. Y, sin embargo, no podías evitar acercarte a mí, dejarte arrastrar por mi vehemencia, mi impulsividad, mi irritante manía de adelantarme a tus deseos. Me gustabas mucho, te diste cuenta, -nunca lo disimulé o callé, eso también te prevenía contra  mí-. Adoraba tus labios gruesos, tus mejillas ruborosas, los ojos sensibles, oscuros y profundos, tu timidez; el tatuaje con el que yo no contaba - no te pegaba nada-  y que descubrí aquella primera vez en el sofá. Anhelaba, sin ceder en intensidad, nuestros encuentros apasionados, tu rubor y tu dulzura; y me enternecían las vueltas que dabas para tratar de quedarte a solas conmigo.


Te fuiste retrayendo, medio insinuaste que estábamos en distinta onda y fase de vida. Fuiste galante hasta para no decirme que no estabas enamorado de mí, al menos no tan enamorado como para plantearte una relación más convencional que la que mantuvimos durante casi año y medio (sé que para ti no era una relación, fuimos amantes, un romance, un rollete). Y eso es lo que yo pensé, que tú querías otro tipo de relación, más previsible, más como la de todos, ser padre joven, una vida más tranquila, con visitas a la casa familiar y domingos de sofá y manta  ( y yo no era a tus ojos candidata).  Quizás me equivoqué. Porque has sido padre ahora. ¿Cómo si no explicar el modo como llevabas a tu hijo en brazos -un frágil cristal valioso que alguien acaba de ponerte en brazos-  si no fuese tu primogénito?


Entonces me pregunté por qué derroteros te habrá llevado la vida. No volvimos a coincidir. ¿Te trasladaste a otra ciudad? ¿Se estropeó aquella relación y con ella tus primeros sueños? ¿Te divorciaste? ¿Fue un matrimonio sin hijos y ahora te has apresurado a ser padre con la siguiente? Tú entrabas al hospital y yo salía, también acompañada, pero no por mi pareja sino por uno de mis hermanos. ¿Habrás pensado que es mi marido? ¿Habrás pensado está mayor, está igual, qué hará aquí, me ha visto y reconocido? Sé que no, ibas a alguna consulta pediátrica con tu hijo y tenías rostro preocupado de padre primerizo. Pero me reconociste y desviaste la mirada.


Yo sí lo pensé. Que a pesar del tiempo transcurrido seguías igual de guapo, y de frágil, y de follable. (Así son los desvaríos fantasiosos, pensar eso como si hubiese la más mínima posibilidad). Pero ahora eres padre. Intocable.


Al final yo también erré en mis suposiciones. Y me he quedado un poco melancólica toda la jornada: tu vida no ha sido como yo me imaginé.

Uol

jueves, 28 de septiembre de 2017

La pregunta LV

- ¿Por qué sería?
- Tenían necesidades distintas.
-¿Te lo dijo?
-Para él, era un entremés; y para ella, el plato principal.
-Los dos alimentan.
-Pero sin los entremeses puedes pasar y sin el plato fuerte, no.

Uol


lunes, 28 de agosto de 2017

Otros esperan que les pase


Ahora llega
esta paz
como si fuese
una visita que se espera hace mucho.

La miro.
Me mira.
Podríamos quedarnos
muchos años así.

Ahora
la casa me permite
seguir poniendo flores
para armar la alegría.

Ya hemos aprendido a no soñar la sed.


Por suerte,
afuera,
son otros los que esperan
que alguna vez
les pase.

Valeria Pariso: 
Del otro lado de la noche.
Ediciones del Mono Armado, 2015

martes, 15 de agosto de 2017

Teléfono

                                 

             Caía fatalmente en la trampa del teléfono
                                                          que como un abismo atrae a los objetos que lo rodean.
NICANOR PARRA



Éste es mi contestador automático.
Para herir, simplemente, marque 1.
Para contar mentiras que me crea, marque 2.
Para las confesiones trasnochadas, marque 4.
Para interpretaciones literarias
producto del alcohol, marque 6.
Para poemas, marque almohadilla.
Para cortar definitivamente la comunicación,
no marque nada, pero tampoco cuelgue,
titubee en el teléfono
(a ser posible durante varios meses)
hasta que note que voy abandonando el aparato
a intervalos de tiempo cada vez más largos.
No desespere. Aguante.
Espere a que sea yo la que se rinda.
Le evitará cualquier remordimiento.
Gracias.


Vanesa Pérez-Sauquillo: Bajo la lluvia equivocada.

Ediciones Hiperión, Madrid, 2006

lunes, 17 de julio de 2017

Bancos que sueñan




Olvidados al borde del sendero, del camino, sueñan los bancos de madera por aquellos que un día folgaban en su asiento. Ya los niños chicos no se encaraman a ellos; ya no escuchan la pausada charla de los ancianos con sus cuitas y sus añoranzas de la juventud pasada. No pueden imaginarse el sonido del acordeón y el pandero de las fiestas que narran con repentino fulgor en la mirada.




Se pudren a la vera del paseo los humildes bancos de madera. Ya no se sientan en el respaldo y posan sus pies en el asiento los mozuelos fumado cigarrillos robados de los bolsillos paternos. No hurtan besos los enamorados, no se magrean los lanzados. Ni siquiera pernoctan sobre ellos al raso vagabundos y desharrapados. Duermen su sueño los bancos en veredas, en sendas, en caminos de tierra donde no ha poco practicaban carreras los escolares, donde bajaban el colesterol los jubilados.


Los pueblos se mueren. No hay vida en trochas y atajos. La maleza invade estación tras estación vías, corredoiras, caminos antaño de carros... Nadie se preocupa de desbrozar, de cortar la hierba, las silvas  y zarzas que todo invaden, colonizan, atascan.

Los pueblos se mueren. Las inversiones mienten: ya pueden abrir zonas de senderismo, vías de trekking, salas de jubilados. Los bancos abandonados hablan. Y sueñan con compañeros más ruidosos que sus nuevos amigos los tojos, espinos, hierbajos. Sobre ellos crecen, los abrazan; en ellos se enroscan como dulces amados, pero tampoco cantan.

Olvidados al borde del sendero, sueñan los bancos de madera en servir de descanso a caminantes y paisanos. Los pueblos se mueren: los bancos hablan.

Uol




domingo, 2 de julio de 2017

El holandés





No recuerdo al lado de qué canal estaba, pero entramos en aquel café de mesas de madera, sillas con cojines y lamparitas en las ventanas. Yo les aclaraba a Isaura y Mericia que en esta ocasión no me estaba sintiendo tan fascinada por los hombretones holandeses como la primera vez que fui a Amsterdam, cuando si no ligué fue porque parecía una oligofrénica con problemas para cerrar la boca y mantener la saliva dentro.

Lo vi nada más entrar. Estaba sentado a una de las mesas conversando con otro hombre menos vistoso. Él levantó la mirada, la pinta de turistas no nos la sacaba nadie a pesar de que no nos ataviamos como tales. Hice maniobras para quedar frente a él y evitar que Isaura o Mericia me desplazasen quedando de espaldas. 

El holandés ya tenía algunas canas en las sienes y estaba claro que era un hombretón alto y fuerte, de ésos que de joven, madre mía, tenía que hacer girar cabezas de mujeres y hombres a su paso. Rostro masculino, una belleza indudable, pero nada blanda, nada de calendario gay, con ojos verdosos, cabello castaño, piernas largas -mucho fémur se veía-, pies grandes -un 46 mínimo- calzados con zapatos de estilo deportivo. Manos grandes, muy grandes, sin anillos ni pulseras. Vestía una americana negra sobre camiseta de algodón grisácea, pantalón vaquero claro. Estaba de vicio. Me muero, me muero, les decía a mis amigas, que, claro, se percataron al minuto cero de hacia dónde se me iban los ojos. Está bueno, consensuaron, pero a ellas creo que les siguen gustando más los yogurines, porque me lo dejaron. No te digo yo que no, pero este hombre, ay dios, era un ídem hecho carne, acorde para mi tamaño y edad. El hombretón se dio cuenta al minuto y medio de que me lo comía con los ojos, y aunque no comprendiese ni papa de lo que decíamos, sí que era evidente mi amore súbito a tenor de las risitas tontas que se nos escapaban. ¡Menuda imagen de bobas debíamos dar!; menos mal que en el café podían pensar que las extranjeras éstas eran españolas o italianas ruidosas, ¡qué se podía esperar de los incivilizados del sur! Tuve que poner orden. 
Él hablaba muy relajadamente con su amigo, colega o lo que fuese. Y yo lo escaneaba con los ojos con escaso disimulo y por eso recuerdo hasta su vello dorado. Me lo como, me lo como. Creo que si en ese momento él me tomase de la mano y me arrastrase a un cubículo, iría como oveja al degüello, y mira que en realidad soy miedoseta y precavida. Dile algo, me decían mis amigas. ¡Como si yo hablase holandés o hiciese algo más que mascullar tres palabras mal pronunciadas de inglés! Tomamos nuestras cervezas y yo arre que arre, loca de deseo. Él se sabía objeto de mis miradas y me las devolvía, no sé si por la curiosidad, por la extrañeza del flechazo o por vacilarme. La cerveza se acababa y yo no quería irme de allí. 

Entonces ocurrió. El holandés cachas, atractivo, hombretón, de aspecto serio -¿qué edad tendría? ¿Cuarenta y cinco? ¿Cincuenta?-, se sacó la chaqueta de traje negra, y la camiseta gris dejó al descubierto sus brazos. Un par de tatuajes resaltaron en uno de aquellos bíceps que me confirmaron que ese hombre había sido un adonis y que no sólo se conservaba, sino que ejercía. Me volvió a mirar y entonces leí claramente el mensaje en sus pupilas: mira, niña, que conmigo no se anda con chiquitas. 

Me fui de aquel bar de los canales enloquecida de deseo.

Uol 


Al holandés ya lo había mencionado en No hay quinto malo (II)

miércoles, 21 de junio de 2017

Deducción


-Oye... ¿Y no tienes nada que contarme, picarona?
-Estuvo bien. 
-¿Entonces vais a volver a veros?
- No creo.
-¿Por qué?
-Por su forma de follar es de los que no se enamoran.

Uol

Deducción: s.f. Conclusión, inferencia, suposición.